La oración «Venid, oh Jesús» es una invocación profunda y sincera que expresa el deseo de recibir a Jesús en el corazón del creyente. Es una súplica que refleja una devoción intensa y una necesidad de la presencia divina en la vida diaria. Esta oración se puede recitar en momentos de necesidad, en busca de consuelo espiritual, orientación, o simplemente como una forma de fortalecer la conexión personal con Jesucristo.
Estructura y contenido: La oración suele comenzar con la petición directa «Venid, oh Jesús», lo que marca el tono de invitación y acogida. A continuación, se detallan los motivos por los que se desea la presencia de Jesús, que pueden incluir la búsqueda de paz, amor, perdón, fortaleza y guía en las situaciones de la vida.
Significado espiritual:
Invocación a Jesús: La oración es una llamada directa a Jesús, pidiéndole que venga y habite en el corazón del creyente. Este acto de invocación refleja una fe profunda en la capacidad de Jesús para transformar y guiar la vida de la persona.
Expresión de amor y devoción: A través de las palabras de la oración, se expresa un amor profundo y sincero hacia Jesús, reconociendo su sacrificio y su presencia constante en la vida del creyente.
Búsqueda de consuelo y fortaleza: La oración es a menudo recitada en momentos de tristeza, duda o dificultad. Al invocar a Jesús, se busca su consuelo y fortaleza, confiando en su poder para aliviar el sufrimiento y proporcionar paz.
Compromiso personal: La oración también puede incluir una declaración de compromiso personal de seguir a Jesús, de vivir según sus enseñanzas y de hacer su voluntad en todas las situaciones de la vida.
Uso en la devoción diaria: La oración «Venid, oh Jesús» puede ser una parte regular de la devoción diaria de un creyente. Puede recitarse al comienzo del día para buscar la guía divina, en momentos de reflexión personal, o antes de tomar decisiones importantes. Es una forma de recordar y reafirmar la presencia de Jesús en cada aspecto de la vida.
Al expresar abiertamente la necesidad y el deseo de la presencia de Jesús, el creyente puede experimentar una sensación de paz y consuelo. Además, la oración ayuda a fortalecer la fe y a mantener una conexión constante con Jesús, recordando que su amor y su guía están siempre disponibles.
«Venid, oh Jesús» es más que una simple oración; es una declaración de fe, una expresión de amor y una búsqueda de la presencia divina en la vida cotidiana. Al recitar esta oración, los creyentes abren sus corazones a la gracia y la guía de Jesucristo, encontrando en Él una fuente constante de paz, fortaleza y esperanza.
Venid, oh Jesús.
Mi pobre alma desea recibiros, oh mi buen Jesús. ¡Cuánto os necesito! Venid y hacedme feliz. Vos sólo sois mi alegría, mi felicidad, mi amor. Venid, oh Jesús.
Venid y dadme vuestro sagrado Cuerpo que el Espíritu Santo ha formado tan milagrosamente en el seno purísimo de María; aquel Cuerpo que se cansó trabajando; que sufrió hambre y sed, frío y calor y que murió por mí en la cruz. Venid, oh Jesús y dadme vuestra adorable Sangre, que derramasteis tan generosamente, por mi amor en el huerto de los Olivos; aquella que corrió a torrentes en vuestra cruel flagelación y cuya última gota brotó de vuestro divino Corazón, perforado con la lanza del soldado. Venid, oh Jesús y dadme vuestra hermosísima alma que tanto pensó en mí, y que oró por mí al Padre Celestial. Venid, oh Jesús dadme vuestra divinidad, que desde toda la eternidad pensó en mí con infinito amor, que hizo mi alma según su imagen y la colmó de tantos beneficios.
Oh Jesús, cómo goza mi alma, pensando que Vos estáis realmente presente en la santa Hostia consagrada, por amor a mí y por mi solo bien. Me dais el derecho de recibiros y de poseeros. Venid, pues, oh dulce Salvador, sin Vos no puedo, no quiero vivir.
Venid, oh Jesús, y estableced en mí vuestra morada. ¿No os atrae más mi pobre alma que el Tabernáculo? Este es sólo de mármol, de madera, es frío y solitario; mas en mi corazón encontráis algo siquiera de amor y de afecto. ¿No es verdad, oh buen Jesús? El copón, aunque de oro y plata no es sino un vaso frío y sin vida; yo tengo siquiera el sincero deseo de adornar mi alma con virtudes. La luz del sagrario, que indica vuestra divina presencia, no deja de ser sino una débil llamita.
Venid, oh Señor, y encended en mí el fuego de vuestro divino amor, y mi corazón arderá en llamas de tiernos afectos.
El altar es vuestra morada transitoria, es como una sala de espera. Mi pobre corazón es el objeto de este divino sacramento de amor. En mi queréis establecer vuestra morada permanente, vuestra verdadera residencia. Conmigo queréis vivir acá en la tierra en dulce compañía para luego continuarla en la eterna gloria.
¡Venid, oh Jesús! Tengo tanto que deciros; tantas faltas por las cuales debo pediros perdón; tantas penas y cuitas que contaros. Cansado y desilusionado estoy de este mundo engañador y de sus necias promesas y diversiones. ¡Qué mentiroso y engañador es el mundo! Quiero descansar una hora con Vos, oh dulce Maestro. Vos me entendéis, y tenéis interés en mi bienestar espiritual y en mi verdadera felicidad. Mi corazón está fatigado y busca un lugar de descanso. Tiene sed de amor, porque para eso lo habéis creado. No permitáis oh Jesús, que corra tras las vanidades del mundo. Dadme una voluntad firme que resista enérgica y resueltamente las locuras del mundo y los placeres de la carne.
Venid, Señor, y quedaos conmigo, entonces me será fácil olvidar al mundo y sus placeres engañadores.
¡Venid, oh Jesús! Deseo irme al Padre. Mas no puedo ir solo. Vos tenéis que acompañarme. Ahora estáis en mi corazón. Vos sois mi propiedad. Ayudadme a conocer al Padre; presentadme a El.
Os doy gracias, oh Padre Celestial, por haberme dado a vuestro Unigénito Hijo. El solo me basta. Ah, ¡qué don mas precioso! Jesús es mío, ¡Padre Eterno! Yo os lo devuelvo, os lo entrego; pero Vos oh Padre, debéis aceptarme como a vuestro hijo y perdonarme en vuestra infinita misericordia todos mis pecados.
Venid, oh buen Jesús, acordaos, como los pequeñuelos se alegraban de poder estar en vuestra presencia; dadme un corazón dócil e inocente como el de un niño. Zaqueo desbordaba de júbilo y contento cuando os hospedasteis en su casa. ¡Cómo se llena de gozo mi alma cuando venís a mí! ¡ Siempre me traéis tanta alegría y tanta paz y felicidad Nunca tenéis palabras de reproche.
Con María Magdalena vuelo a vuestras plantas. El enemigo maligno me persigue, sabe muy bien cuán débil soy. Pero mirad, oh Jesús, si he pecado como Magdalena también me arrepiento como ella. Ojalá merezca yo oír de vuestros divinos labios aquellas consoladoras palabras: «Mucho se te ha perdonado, porque has amado mucho.» Oh, ¡si yo pudiera asemejarme a San Juan, vuestro discípulo predilecto! ¡Quién pudiera descansar reclinado sobre vuestro divino pecho!
¡Venid, oh Jesús! Hoy debéis habitar conmigo. Ignoro lo que me traerá el día de hoy: penas o alegrías, dichas pesares. Ahora ya os doy gracias por do lo que vuestra mano paternal se digne enviarme. ¡Bendito seáis! Pero no olvidéis, oh buen Jesús, que yo temo los sufrimientos y no me atrevo a llevar mi cruz sino sostenido por Vos. No quiero llorar, sino reclinado sobre vuestro divino pecho. Venid, Jesús, mi buen Jesús.



