Permíteme compartir contigo una historia que ilustra la profundidad del amor y la misericordia de Dios:
Había un hombre que tenía dos hijos. Un día, el más joven se acercó a su padre y le dijo: «Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde.» El padre, con gran generosidad, dividió sus bienes y se los dio a sus hijos.
Poco después, el hijo menor reunió todo lo que tenía y se fue a un país lejano. Allí, desperdició su herencia viviendo de manera desenfrenada. Cuando hubo malgastado todo, una gran hambre azotó aquel país y él comenzó a pasar necesidad. En su desesperación, encontró trabajo cuidando cerdos, deseando comer lo que ellos comían, pero nadie le daba nada.
Reflexionando sobre su situación, el joven pensó: «En casa de mi padre, incluso los jornaleros tienen abundancia de pan, y aquí estoy yo muriendo de hambre. Volveré a mi padre y le diré: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.'»
Así que se levantó y regresó a su padre. Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y, movido por la compasión, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó. El hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo.» Pero el padre, lleno de amor, dijo a sus siervos: «Rápido, traed el mejor vestido y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies. Traed el becerro gordo y matadlo; comamos y celebremos, porque este mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado.»
Y comenzaron a festejar con gran alegría.
Mientras tanto, el hijo mayor estaba en el campo y, al acercarse a la casa, oyó la música y las danzas. Preguntó a uno de los siervos qué sucedía, y el siervo le explicó: «Tu hermano ha regresado y tu padre ha matado el becerro gordo porque lo ha recibido sano y salvo.»
Enojado, el hermano mayor se negó a entrar. Su padre salió y le suplicó que se uniera a la celebración, pero él respondió: «He aquí, tantos años te sirvo y nunca he desobedecido tus mandamientos, pero nunca me has dado ni un cabrito para disfrutar con mis amigos. Sin embargo, cuando vino este tu hijo, que ha derrochado tu riqueza, has matado para él el becerro gordo.»
El padre, lleno de ternura, le dijo: «Hijo mío, tú siempre estás conmigo y todo lo que tengo es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado.»



